Vicente Gallego

Jueves, 15 de noviembre de 2007

Vicente Gallego lee sus poemas a chorro, sin pararse en explicaciones que considera innecesarias. Lee el título, a veces bebe un sorbo de agua, y luego se lanza cuesta abajo respetando las pausas meticulosamente con voz grave y dicción cuidadísima. Es el momento en que menos se parece a sí mismo, como si oficiara una ceremonia tan importante para él que le impidiera mostrar el buen tipo que es. Un tipo que busca el sol en las esquinas, colecciona música étnica, se enrolla con cualquiera y sonríe poco porque no necesita sonreír para caer bien. El jueves desgranó un buen número de poemas inéditos ante el silencio impresionante de un auditorio que llenaba el salón de grados de la Facultad de Humanidades.
Era la segunda vez que Vicente Gallego (Valencia, 1963) participaba en el ciclo 5 Poetas en Otoño. De hecho fue él quien inauguró las jornadas en octubre del año 2000. Leyó entonces poemas del libro Santa Deriva, cuando aún era inédito, antes de conseguir el premio Loewe. Desde entonces ha acumulado dos poemarios en las librerías y otro que se prepara para salir. Fiel a su costumbre de leer lo último que ha escrito, sólo entonó poemas de este último libro en ciernes, que llevará el título de Si temierais morir, y que es prácticamente desconocido, porque Gallego ha tomado por costumbre no publicar poemas sueltos en revistas antes de que salga a la luz el poemario entero.
De hecho, son tan desconocidos los versos que leyó que buena parte de ellos los ha escrito en el último mes, de una sentada. “El libro iba a tener veintiséis poemas, ya se lo había remitido al editor, pero de pronto sentí la necesidad de escribir y era como una fiebre; pasé veinte días sin poder cerrar el ordenador; el fruto de ese rapto son estos dieciocho poemas que completan los 44 que tendrá al final”. La anécdota ilustra bien la personalidad de Vicente Gallego, que esconde bajo su aire circunspecto y su voz grave y formal un pronto cariñoso y una generosidad que lo convierten en un “maestro en el arte de la amistad”, como lo describe acertadamente Luis García Montero en un prólogo.
También puede que sea el poeta español que más haya cambiado de un libro para otro, sin perder nunca un mundo propio y una voz personal. Empezó ganando el premio Rey Juan Carlos I cuando tenía veintidós años con un poemario intimista, escrito con el mar y el sol como únicos testigos. Su padre, que hasta entonces no parecía muy entusiasmado con la idea de que su hijo fuese poeta, al ver el alboroto de llamadas y periodistas, le jaleó con emoción: “Vicentín, la que has liado”. Y esa expresión de un padre no se olvida ya nunca. Siguió ganando premios, pero en cada libro intentaba cosas nuevas. Pasó a convertirse en uno de los referentes de la mal llamada poesía de la experiencia, siempre muy cerca de Brines, a quien considera su padre poético, y de Carlos Marzal, a quien siente como hermano.
Hizo sus pinitos con los alucinógenos como herramienta de inspiración y cambió su manera de escribir. “Hasta Santa Deriva, los poemas nacían a partir de una idea que iba luego elaborando y puliendo; aún quedan algunos de esa especie en el libro; pero desde entonces el poema me viene en forma de música, de un ritmo o de unas palabras y lo que hago es dejarme llevar por ese impulso”. Como al mismo tiempo se ha empapado del cancionero tradicional y de libros espirituales, sus últimos poemarios, Cantar de ciego y el que está a punto de ver la luz, están llenos de sonoridades barrocas y tienden a parecer himnos que piden ser cantados más que leídos, lejos de la intimidad de sus primeros versos.
Dice Vicente Gallego que hace algo más de un año sintió la iluminación y que estos poemas son el fruto de esa nueva conciencia del todo que ha cambiado su vida. “Es posible que esté muy equivocado, pero así me va de coña, me siento mejor que nunca”. Poesía mística tal vez, aunque el poeta prefiere no ponerle apellidos a lo que le viene dado. Por lo demás, tras tantos cambios, sigue siendo el mismo tipo cercano que habla de sus amigos con veneración. “Su generosidad es una clase gratuita de literatura”, como atinadamente resumía García Montero. Eso sí, leer sigue leyendo como leía hace ocho años, cuando vino por primera vez: seguido y a chorro, sin explicaciones; en eso tampoco ha cambiado.