Edición 2012

  1. Todas las lecturas se celebraron en jueves a las 20 horas, en la Facultad de Humanidades del Campus de Albacete, en el salón de Grados del edificio Benjamín Palencia, con la ayuda del Vicerrectorado de Extensión Universitaria de Cuenca y del Ministerio de Cultura.

    Jueves 11 de octubre: Jon Juaristi  (leer crónica de su intervención)

 

 

 

Jueves 18 de octubre: Ada Salas   (leer crónica de su intervención)





Jueves 25 de octubre: Roger Wolfe  (leer crónica de su intervención)




Jueves 8 de noviembre:Álvaro García (leer crónica de su intervención)




Jueves 15 de noviembre: Carlos Marzal (leer crónica de su intervención)




Edición 2011


Todas las lecturas se celebraron a las 20 horas, en la Facultad de Humanidades del Campus de Albacete, en el salón de Grados del edificio Benjamín Palencia.


*Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, Cantabria, 1968). Además de poesía, ha publicado libros de aforismos y de prosas poéticas breves como El mundo hecho pedazos (1999). Ha traducido a John Keats y Emily Dickinson. También ha ganado el Loewe y dirigido la revista de literatura y arte Ultramar. Su último poemario es Hilo de nadie (2008).
Intersección de mí y los elementos,
perfecta encrucijada, externa e íntima.
Marea enfebrecida en que lo oscuro
y misterioso de la vida ardía.



 20 de octubre: Francisco Díaz de Castro (ver reseña)

*Francisco Díaz de Castro (Valencia, 1947) es catedrático en Filología Moderna en la Universidad de las Islas Baleares. Ha impartido clases en varias universidades europeas y americanas. Ejerce la crítica literaria en El Cultural de El Mundo. Poeta de publicación tardía, Hasta mañana, mar (2005), premio Ciudad de Melilla, es su libro más reciente.
Haber vivido enturbia todo aquello
que uno quiere más puro y más sencillo,
enturbia la belleza y la mirada,
el amor que nos dan, la muerte misma.




* Antonio Cabrera (Medina Sidonia, Cádiz, 1958). Profesor de filosofía y aficionado a la ornitología, ambas facetas enriquecen su obra poética. Ha reunido sus prosas en El minuto y el año. Ha traducido a Vattimo, Sagarra y Vicent Alonso. Ganador del Loewe y el Nacional de la Crítica, entre otros, su último poemario es Piedras al agua (2010).
Pescar parece triste. Ver pescar
es detenerse en un silencio de otros,
es triste, es no pertenecer. (…)
Formar parte es más puro que pensar.



 3 de noviembre: Raquel Lanseros (ver reseña)

*Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973). Licenciada en Filología Inglesa y traductora, colabora con poemas y reseñas críticas en diversas revistas y publicaciones periódicas. Ha sido traducida a varios idiomas y su obra figura en numerosas antologías de España y América Latina. Su último poemario publicado es Croniria (2009), Premio Antonio Machado en Baeza.
 ¿A quién se le ha ocurrido este dios impasible
fabricado con mitos y con prohibiciones?
¿Cómo este dios a plazos
                            que mira hacia otro lado?


 *Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950). Profesor de investigación del CSIC. Premio Nacional de la Crítica y de Traducción, entre otros, ha incorporado con desenfado a la poesía elementos propios de otros géneros, como el cómic, la novela negra o el mundo clásico, sin dejar de ser actual. Su último poemario es El reino blanco (2010).
Así mi corazón: montes pelados,
agua tibia de mar, casas muy blancas
(como alquerías africanas: Túnez,
desembarco en los Gelves, un guerrero
con antifaz), así mi corazón.





Organiza:
·         GRUPO POÉTICO DE LA CONFITERÍA

Patrocinan:
·         FACULTAD DE HUMANIDADES DE LA UNIVERSIDAD DE CASTILLA-LA MANCHA
·         MINISTERIO DE CULTURA
·         VICERRECTORADO DE CUENCA Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
·         POPULAR LIBROS

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MEMORIA DEL CICLO “5 POETAS EN OTOÑO” 2010
Undécima edición


Salón de Grados de la Facultad de Humanidades UCLM Albacete
Ponente: Guillermo Carnero
Presentador: Valentín Carcelén
Lectora: Carmen Navarro
Asistentes: 56
Con la sala en penumbra e iluminado por un flexo, Guillermo Carnero (Valencia, 1947) proyectó algunas de las pinturas que han inspirado sus poemas, para demostrarnos que su escritura emana directamente del arte y de la historia. Por ejemplo, El embarco para Cyterea, quizá su poema más conocido, nació de un cuadro del mismo título de Jean Antoine Watteau (1684-1721), que ya había inspirado a Baudelaire.


Salón de plenos del Antiguo Ayuntamiento de Albacete, actual Museo Municipal
Ponente: Karmelo Iribarren
Presentador: Arturo Tendero
Asistentes: 112
Karmelo Iribarren (San Sebastián, 1959) habla de la vida en poemas comprimidos, contundentes, casi sin adjetivos, escritos como habla la gente de la calle, rematados con un guiño capaz de descolocarte, de tocarte el corazón o de robarte una sonrisa.



Jueves 28 de octubre, 20 horas
Salón de Plenos del Antiguo Ayuntamiento de Albacete, actual Museo Municipal
Ponentes: León Molina, Javier Lorenzo, Valentín Carcelén y Rubén Martín
Presentador: Arturo Tendero
Asistentes: 116
Cuatro poetas de Albacete que han publicado libros de poesía a lo largo de 2010 compartieron una lectura en la que pudimos apreciar sus estilos muy diferentes: León Molina (La Habana, 1959) dcha, Valentín Carcelén (Madrigueras, 1964), Rubén Martín (Albacete, 1980) y Javier Lorenzo (Albacete, 1986).

Jueves, 4 de noviembre, 20 horas
Salón de Plenos del Antiguo Ayuntamiento de Albacete, actual Museo Municipal
Ponente: Susana Benet (sustituía a Juan Luis Panero, que excusó su presencia por problemas de salud)
Presentador: Arturo Tendero
Asistentes: 47
Leyó haikus y poemas inéditos. Sus libros Faro del bosque y Lluvia menuda, son dos referentes para los aficionados al haiku en España. Un ejemplo: “A cada vuelta / del tiovivo, mi padre / diciendo adiós”.




Jueves 11 de noviembre, 20 horas
Salón de Plenos del Antiguo Ayuntamiento de Albacete, actual Museo Municipal.
Ponente: Dionisia García
Presentador: Arturo Tendero
Asistentes: 51
Dionisia García (Fuenteálamo, 1929) leyó una selección de su bibliografía desde El vaho de los espejos (1976), hasta tres inéditos que nos adelantó de su próximo libro.





Edición 2009

*José Corredor-Matheos (Alcázar de San Juan, 1929) Reside en Barcelona desde 1942. Es académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Ha sido Premio Nacional de Traducción 1984 y Premio Nacional de Poesía 2005. Su último poemario publicado es Un pez que va por el jardín (Tusquets, 2007).
Cómo cuesta aprender
a ver las cosas
que comparten tu vida…






*Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) Estudió filología románica y clásica. Ha enfocado su erudición hacia la escritura en todos sus géneros. Aparte de poeta destaca como traductor y divulgador literario en distintos medios de comunicación. Alejandrías (Renacimiento, 2004) reúne una antología de su obra poética.
Aceleré tanto los caballos lujosos de mi vida
que pude haber llegado más allá del olvido.






*Ana Isabel Conejo (Tarrasa, 1970) Es profesora de Biología en un instituto de Alcázar de San Juan y ha irrumpido en los últimos años en el panorama de la poesía española con una escritura fresca y luminosa. Ha ganado los premios Ojo Crítico, Barco de Vapor y Alfons El Magnànim, entre otros. El libro con que obtuvo este último premio es Zapatos de cristal (Hiperión, 2008).
El tiempo se disfraza de hada oscura
y sobre la ventana de la infancia
la escarcha vierte un resplandor helado.
//Yo seguiré soñando que despierto.





*José Luis Parra (Madrid, 1944; aunque ha vivido en Valencia más que en ningún otro sitio). Publicó tarde su primer libro, lo que le ha permitido desarrollar su escritura al margen de las generaciones y consagrarse a la poesía con un fervor incansable. Ha publicado en Pre-textos su penúltimo poemario, De la frontera (2008).
Y muy tenue, apenas perceptible
-pero qué redención más honda-,
se oyó piar a un pájaro
entre los juncos.









*Antonio Colinas. Nació en 1946 en La Bañeza, localidad leonesa con la que se mantiene en contacto a pesar de ser un viajero infatigable en vida y obra. Ha sido Premio Nacional de Poesía 1975, de Literatura 1982 y de Traducción en Italia 2005. Su último poemario es Desiertos de la luz (Tusquets, 2008).
En esta casa el tiempo es la ternura
y siempre callo hasta que sea el silencio
lo que discurra dentro de mis venas.





Todas las lecturas poéticas se realizarán en el
MUSEO MUNICIPAL DE ALBACETE,
a partir de las 20 horas

Miguel D´Ors

Viernes 14 de noviembre de 2008


Entre los asistentes a la lectura de Miguel D´Ors, cerca de medio centenar de personas que se habían desplazado sólo para escucharle hasta el Campus en la inhóspita noche del viernes, flotaba una pregunta que al final alguien se decidió a formular en voz alta: ¿por qué salen tus libros siempre en editoriales periféricas, con una distribución tan limitada que cuesta un montón conseguirlos fuera de Sevilla? El poeta ha contestado muchas veces a esta pregunta para la que tiene dos respuestas: prefiere confiar sus libros a sus amigos, que se los editan con cariño. Pero además, dice (y asegura que lo dice con ironía pero en serio) que él basa su éxito en que la gente no lo ha leído mucho, sólo de una forma parcial, en antologías, donde todo el mundo queda más o menos bien. “Por eso, insiste, tengo una cierta fama. Si me hubieran leído completo, sería otro cantar”.

Y los asistentes, muchos de los cuales se han venido con un libro bajo el brazo (conseguido con ímprobos esfuerzos) para arrancarle una dedicatoria, sonríen y piensan a la vez. Esa sonrisa mezclada es la mosca que queda flotando en el ambiente, la mosca que ha dejado su poesía, llena de sorpresas, viva como una lagartija que sabe hacer cosquillas donde debe hacerlas un poema, y que sin embargo ha sonado más bien floja en la voz de D´Ors, que la lee con frío. No anda bien la megafonía, dos micrófonos superpuestos no dan abasto para llevarle hasta las últimas sillas, y ha sido necesario apagar el rumor de la calefacción para echarle una mano al silencio que reina en la sala. Da igual, sus poemas pueden con todo, vencen a la intemperie interior en que se ha convertido el salón de Grados de Humanidades.

Miguel D´Ors, el montañero en los fines de semana, el profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada, el capricornio, el ciclista de los miércoles, el gallego que ejerce, el perfeccionista, es sobre todo en la tarde de Albacete un poeta de culto, cosa que el mismo, por supuesto, negaría. ¿Qué diablos es ser un poeta de culto? Acaso haber escrito poemas que ya se saben de memoria un puñado suficiente de aficionados, como Pequeño Testamento, o La Carta, o La Mujer Diez. Él los lee para su público. Los lee al final. Pero antes introduce los nuevos, algunos inéditos que nadie ha escuchado antes. Le gusta probar cómo suenan, qué cara pone la gente al escucharlos, dice que para sacar conclusiones antes de seguir rumiándolos y puliéndolos en el ordenador. Porque esto es noticia: se ha pasado al ordenador, que facilita un trabajo que antes fue de manualidades, de pegar una palabra o una frase sobre la errata hasta dejar el borrador convertido en un mapa o un palimpsesto de textura variable.

“Sólo el trabajo borra las huellas del trabajo” es el lema que ha repetido hasta la extenuación D´Ors, que ahora ni lo menciona, de tan interiorizado como lo tiene. Y ahí sigue, con sus dudas, que luego se convierten en hallazgos magistrales, con su sentarse de perfil para que no le moleste la lesión de rodilla de cuando tuvo que rescatarlo de la montaña la Cruz Roja. Un poeta de culto es eso: un montañero que se pierde en solitario en busca de una cumbre inaccesible, la perfección. Pero él no valorará el camino andado, por supuesto, porque ya hay otra montaña esperándole. Y busca las razones por las que la edad va lentificando su creación. “A lo mejor es que me he vuelto más exigente…” ¿todavía?

Eloy Sánchez Rosillo

Jueves 6 de noviembre de 2008


Es difícil imaginarse, mirando al Eloy Sánchez Rosillo de hoy en día, cómo fue aquel chaval de doce años a quien su madre internó en los Escolapios de Albacete, con la esperanza de que se apaciguase su carácter. Ahora nos visita con cierta frecuencia, tiene amigos aquí, admiradores de su poesía. Y el azar ha querido que se aloje casi siempre en el hotel San José, en una habitación que se asoma a las ventanas de la nave donde durmió aquel curso, Una estación en el infierno, como lo ha descrito en un poema. Yo lo he visto temblar de pies a cabeza al acercarse a la cámara donde los internados recibían las visitas de los familiares, temblar con el temblor del niño que se reencontraba con su madre, con un piano por testigo. Y lo he oído asombrarse con su voz ronca: “está exactamente igual”.

Porque Eloy Sánchez Rosillo tiene la voz ronca y cordial, en una combinación casi imposible. Es alto y se inclina hacia la amistad y hacia el micrófono. Ahora viste de negro en sus lecturas, como el mirlo con el que conversa en otro poema. El negro le resalta la barba y el pelo abundante que son tan canosos como la luz de la luna, que también aparece en todos sus libros, pues no en vano es un poeta lunático, como buen nativo del signo de cáncer. Pero ahí termina cualquier concesión a la locura, puesto que enseguida advierte que su obsesión es la claridad: “si alguien va a comprar un libro mío a una librería, lo primero que espera encontrar es que esté escrito en español, ya que soy un poeta español; y lo segundo es que se entienda. Porque lo que ocurre con una parte de la poesía española actual es que está escrita en chino. Y la gente que intenta leerla, se dice: será que no entiendo de poesía. Pero sí que entiende, porque no está escrita para los académicos ni para los eruditos, sino para la gente que se acerque a ella con un mínimo de costumbre de leer”.

Y con el mismo tono pausado con el que marca los acentos ayudándose de un vaivén de la mano, sigue afirmando: “quizá la palabra que más aparece en todos mis poemas es luz. Yo creo que la poesía es un ejercicio de claridad. Es un ver el mundo y tratar de hablar de lo que has visto, de lo que pasa por delante de tus ojos. La poesía es voluntad de ver. Y hay que hablar de eso, no rehuir los temas que importan, los cinco o seis temas que estamos siempre barajando los humanos”. Pero aclara que no escribe para explicarse el misterio del mundo, sino para participar de él. Fue un poeta elegíaco que ha descubierto la alegría.

Sí, cuesta ver en este hombre alto y ronco, pausado pero firme en sus convicciones, a aquel niño de doce años que temblaba de miedo, o de frío, o de ambas cosas, cuando iba a reencontrarse con su madre. También al adolescente que descubrió la vida en una aldea situada entre Barrax y Lezuza, en la que pasaba los veranos. “Le debo mucho a esta ciudad. Tuve la suerte, por mi edad, de conocer la noche sin luz eléctrica. Una noche que no debió de ser muy diferente a la que conocieron Hesíodo, Teócrito o Virgilio”. La noche que le fue calando lentamente hasta explotar un día: “La poesía se apoderó de mí en la adolescencia, de una manera febril, y ha sido el centro de mi vida”. Gracias a ella vuelve en todos sus libros a aquella aldea original, y se acerca al pozo y otra vez bebe y le sabe como entonces: “siempre el agua es un don, / pero nunca la vida ha vuelto a darme / un agua como aquella”.

José María Bermejo

Jueves 30 de octubre de 2008

José María Bermejo nació en Tornavacas, en lo alto del Jerte, asomado al valle donde cada año en abril florecen los cerezos conformando una ceremonia oriental sorprendente tan lejos de Japón. Ya se ha convertido en una romería citarse en ese paraje durante los días luminosos en que la primavera hace estallar las flores más apreciadas por los japoneses. Curiosamente, Bermejo se crió en una familia humilde mucho antes de que llegara la explosión turística. En sus primeros años sólo conoció el frío y la nieve. Dice que ya no se acatarra porque quedó vacunado para siempre por aquellas tiritonas de la infancia. No se sabe por qué extraña conexión con los cerezos, nació japonés en Cáceres y por eso es un lince traduciendo poemas venidos de Oriente y sobre todo haikus.

Quedó finalista del premio Adonais con un libro que tituló Epidemia de nieve en el ya lejano 1971, y parece que aún sigue hablando en medio de un paisaje nevado cuando toma la palabra y cuenta con agradecimiento su llegada a Albacete, en tren, sorprendido por la desnudez de la llanura, el cielo alto y la sensación de hallarse tan al norte que casi esperaba entrever una aurora boreal mientras contemplaba a unos tordos abatiéndose sobre las viñas. Su voz brota con cuidado, como si temiera dañar el silencio de una nieve invisible o provocar un alud si pronuncia una sílaba con demasiada brusquedad. Y se demora, retrasa la lectura de sus primeros poemas hasta que casi hay que arrancárselos de las manos.

Dice Bermejo que reivindica al lector, que lo considera tan creador como el que escribe, que un lector sensible es mejor que un escritor mediocre. Trabaja como periodista y se queja de que algún colega detecta en sus reportajes una carga lírica de la que él reniega, porque le parece que el periodismo necesita la llaneza del periodismo para cubrir sus objetivos, muy distintos a los de la poesía. Luego nos lee una prosa descriptiva en la que aparecen todos los pájaros, cada cual en su rama, y todas las clases de cerezas, que son tantas por lo menos como los pájaros, y uno de los asistentes al acto le aconseja que se resigne, que el colega periodista llevaba razón cuando le señalaba el lirismo de su prosa.

Pero el momento estelar de la lectura llega cuando desempolva los folios de los haikus, las traducciones de poetas japoneses que le han dado la fama entre los aficionados al género. Es curioso que no los traduzca de la lengua vernácula, sino a través de traducciones de traducciones, del francés o del italiano, con la ayuda inestimable de algún amigo japonés, que pone la guinda. Y sin embargo es como si renacieran en sus manos. Cita a los autores y se ponen en pie durante un segundo, algunos vienen desde el siglo XVI para escucharse puros durante esos tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. “También Cernuda tradujo a Hölderlin sin saber ni palabra de alemán”, se justifica, aunque no haga ni puñetera falta hacerlo.

“El haiku no se impone, se expone como la gota de rocío”. Y los va desgranando, uno a uno, como gotas que caen en el silencio del salón de grados de Humanidades y estallan con todos los matices. A veces hasta incumplen las medidas sin dejar de ser haikus: “también envejece el ruido de la lluvia” o “ahí viene el gorrión”. Para el final se reserva uno propio, que lee con rubor. “Desperezándose / en su lecho de nieve / la primavera”.

Jaime Siles

Jueves, 23 de octubre de 2008

“Soy un poeta cerebral”, se define Jaime Siles. Y asegura que esta condición requiere de un gran entrenamiento perceptivo: “yo siempre estoy entrenando los sentidos”. Le pregunto cómo lo hace, cómo se entrenan los sentidos para la poesía, a lo mejor traduciendo a otros poetas en cualquiera de las ocho lenguas que domina. “No, eso también ayuda desde luego. Pero yo me entreno estudiando a los clásicos, viendo exposiciones, viajando, analizando lo que escribieron otros antes que yo”. Y añade que así es como escribían los autores de la antigüedad, en los tiempos en que había dos filosofías de la creación: la imitatio (o imitación de los modelos) y la emulatio (que es el afán por superarlos, por echar un pulso con ellos tratando el mismo tema que ellos trataron). “Ese es mi ideal de poesía”.

Resulta difícil separar en Siles su faceta de eminente profesor de tantas universidades de España y Centroeuropa y su faceta de poeta. Pero él afirma sin dudarlo que todos sus estudios, todos sus ensayos y clases son una excusa para escribir poesía; los elige antes que nada para preparar sus poemas, que es lo que más le importa. Luego, al leerlas ante un auditorio, las enriquece explicando el proceso que siguió cada una de ellas para llegar a la vida, el recorrido de mitos y de hitos culturales, pero también de anécdotas y de viajes que fueron forjándolas hasta que alcanzaron la forma con la que las enuncia, cambiando el tono de pronto, poniéndose rítmico. El resultado es una clase magistral de absoluta amenidad.
Se siente tan a gusto en el estrado que, cuando Valentín Carcelén, dejándose llevar por el chaparrón de aplausos, sugiere cerrar la sesión, él rompe el protocolo y da las gracias, pero para retar al público a que le hagan más preguntas. Y aprovecha el silencio que se ha creado, el halo de admiración que se palpa en el ambiente, para introducir algunos párrafos teóricos que subrayan su visión de la escritura: la identidad es fruto de la palabra y lo que hace el poema es romper la cadena de pensamientos que constituyen la identidad y crear durante el tiempo que dura esta sucesión de palabras que es el poema una nueva identidad, no sólo para el que lo ha escrito, también, e incluso especialmente para el que lo lee.

Y fuera del estrado despliega otra vez ese fascinante arsenal de anécdotas y de conocimientos que ha ido reuniendo con los años, ganando premios, impartiendo clases, pero sobre todo estudiando. “Dice mi hijo mayor que soy la única persona que conoce que es feliz haciendo lo que le gusta, que es estudiar, sin percatarse del paso de las horas”. Y sonríe, satisfecho. Ahora ejerce de catedrático en la Universidad de Valencia y concentra todas sus clases y tutorías en un solo día de la semana, para dedicar el resto a estudiar. Pero antes tuvo que pasar trece años volando todas las semanas a Zurich, cuando era profesor de aquella Universidad, trece años en los que sólo consiguió cerrar un libro de poemas.

Ahora anda completando cuatro a la vez, con distintos personajes poéticos. El proceso nace con los poemas, tres o cuatro que le marcan el camino sobre el que profundizar, estudiando todo lo que pueda enriquecerlo. Entre sus modelos cuenta que Velázquez tenía una biblioteca personal mayor que la de Lope de Vega y que cuando le encargaron pintar Las Lanzas, pidió que le trajeran todos los cuadros sobre rendiciones de ciudades de los que tenía referencia, para analizarlos y componer su obra. “Por eso el rey decía que era tan lento”.

Olvido García Valdés

viernes 17 de octubre de 2008
Cada poeta escribe en un tono que no siempre coincide con su tono vital. La poesía es su manera de estar solo, como la definió Pessoa. Por eso muchas veces te sorprende conocer al poeta que has leído, tan diferente a la persona que te imaginabas en sus versos. No son personas distintas, pero pertenecen a facetas diferentes de la misma persona. Los poemas de Olvido García Valdés hablan de frío, de noche, de soledad, de muerte; es su estilo dominante de escritura. Además los lee con un susurro, con voz sonámbula, absorta. La sala se va llenando de un silencio que pesa como si la luz se agotara lentamente: “aire o cielo / no para respirar”. Y comprendes que la tristeza, aunque sólo usemos esta palabra para designarla, está llena de matices, de gradaciones que hacen que no existan dos tristezas iguales: “La forma de la tristeza no tiene olor, no suena”.

A Olvido García Valdés le gusta el negro. Tal vez sea una coincidencia, pero siempre la he visto vestida con ese color y usa unas gafas de montura negra. Dentro sus ojos se mueven engrandecidos, miran con respetuosa distancia: “alimento para los ojos, corazón quebrantado”. Le gusta el negro. “Me da miedo la luz, lo quieto de la luz, el hueso de tu sien contra la mía”. Sobrevuela muchas de sus piezas el símbolo del cuervo y sin embargo su inspiración bebe en los paisajes encendidos, casi siempre de su tierra asturiana, y en muchas ocasiones en el arte visual. Un libro suyo, Caza nocturna, creció a partir de tres pintores tan diferentes como Gorky, Uccello y Malevich.

Su poesía busca calor en la tristeza, luz en la oscuridad, pero en cuanto apaga el micrófono y se apea del estrado, se relaja, conversa, ríe, es otra. Nos ha dicho que se sintió poeta (lo prefiere a poetisa) en la adolescencia: aprendió a encerrarse en esa soledad, que no es melancolía sino intensidad del sentimiento, pero sin renunciar a ser una chica de su edad. Un poeta no es un raro, es alguien que tiene una manera diferente de estar solo. Se declara lectora un poco obsesiva. Las lecturas tienen épocas y ella ha vivido periodos febriles con Artaud, con San Juan de la Cruz, con Emily Dickinson, con Gamoneda… Iba pasando a otro cuando se saturaba del anterior, aunque no cree que saturarse sea la palabra más apropiada para describir la necesidad de cambiar de libro de cabecera.

Asegura que su taller de escritura es su cuaderno, una especie de diario azaroso al que confía versos, pero también reflexiones e impresiones cotidianas. Algunas de ellas las ha reunido en las últimas quince páginas del volumen de su poesía reunida, editado por Círculo de lectores y Galaxia Gutenberg bajo el título de Esa polilla que delante de mí revolotea. Sale a defender su poesía en cuanto percibe un leve aire de crítica: “se habla de que es abstracta; yo siempre digo lo contrario, que es de una gran concreción”. Nace de una impresión, se alimenta de la vida y mezcla reflexión, descripción, sueños, vigilia. El poema queda en la carpeta y lo va trabajando; “trabajarlos en general en mi significa descargarlos. He visto que a los pintores también les pasa eso. Sólo está terminado cuando no necesito tocarlo más”. El salón de Grados de Humanidades queda envuelto en un silencio teñido por sus versos, “Algunas piedras almacenan luz”, pero nosotros regresamos a la calle y Olvido vuelve a reír.

Karmelo Iribarren

Jueves, 22 de noviembre de 2007
Cuando oímos la radio, siempre nos formamos una imagen de cómo será la persona que hay detrás de la voz. Del mismo modo, cuando leemos un libro de poemas, se va perfilando tras ellos un personaje que nos habla. Yo había leído todos los libros de Karmelo Iribarren y había conversado con él por teléfono e intercambiado correos electrónicos. Pero me costaba creer que mi interlocutor fuera el personaje de sus poemas, una especie de detective apostado en la barra de los bares cutres o recorriendo a pie la ciudad siempre a deshoras.
Un detective que (y perdón por la etimología espuria) “detectaba” como nadie y resumía en unos cuantos versos los sentimientos y las reacciones que transpiran los demás, en las que no reparan porque viven muy deprisa o demasiado sordos al murmullo que suena de fondo bajo el mundo conocido. Desde que lo leí, había ido yo acumulando sin ser consciente de ello, una gran curiosidad por conocer al personaje que había detrás de los poemas de Karmelo Iribarren, por comprobar si encajaba en la imagen que había ido formándome al leerlos. Me preguntaba si sería sincera o simplemente la pose de un escritor con mucho oficio.
No hubo que dar muchas vueltas. Nada más verlo, de lejos, en la esquina del Gobierno Militar, frente a la plaza de Gabriel Lodares donde me esperaba junto a su mujer Ana, supe que era él. Se parecía vagamente al de las fotos, aunque no era el mismo de las fotos. Había en su presencia un deterioro familiar en algunos poetas de raza, esa aparente tosquedad en las formas, pero también esa singular agudeza que al final consigue que la primera impresión se vaya disolviendo hasta quedarse en anécdota. Iribarren lo ha leído todo en poesía y en novela negra y lo ha sabido mezclar con su talento de detective para hurgar en las entrañas de la rutina y sacarlas a la luz.
Cuando inició su lectura en el salón de grados de Humanidades parecía que no iba a ser capaz ni de empezar. La timidez, los nervios, le agarrotaban las manos. Sin embargo su voz enronquecida, dócilmente rabiosa con la vida, los fue hilando y enhebrando, conduciéndonos a través de ellos por un fascinante recorrido que él mismo descubría al pasar las páginas. Era como encender un cigarro con la colilla del anterior, sin salir del humo. Era como adentrarse por las calles de un laberinto sabiendo que uno no va a perderse porque la misma voz que te ha llevado hasta el corazón sabrá sacarte de él.
Formó así el caleidoscopio de una ciudad, Donostia, donde nació en 1959. Una ciudad a la que pertenece y que ha convertido en personaje de sus poemas.”Yo ando mucho, cruzo la ciudad casi todos los días. Y tomo nota, claro, levanto acta de lo que veo: una chica esperando el autobús, un gorrión peleándose con un pedazo de pan, dos viejos en una cafetería, un tren de cercanías, yo mismo reflejado en un escaparate, las hojas alfombrando un paseo, una ventana encendida en la madrugada, una pequeña ráfaga de viento que entra en la plaza y muere… Situaciones todas muy urbanas, muy cotidianas, a las que yo trato de extraer la poesía que llevan dentro, aunque no siempre lo consiga.”
Los críticos lo han encasillado en la versión española del realismo sucio, ese movimiento donde figuran escritores tan diferentes entre sí como Bukowski y Raymond Carver. Y no es malo que a uno lo encasillen, significa que existe. Pero cuando uno echa a escribir sólo le preocupa el poema que está escribiendo en esos momentos y todo lo demás importa muy poco. Iribarren a veces descubre antes que nada los finales; lee un diálogo en una novela y se dice: este sería un buen final. Y en torno a él va construyendo poco a poco, hacia atrás, el poema. Y al mismo tiempo lo va desnudando de retórica y hasta de adjetivos hasta dejarlo a la intemperie, como él dice. A veces, su editor Abelardo Linares le ha preguntado con intriga cómo logran sostenerse sus poemas, a veces sin un verbo siquiera.
El detective te mira fijo con sus ojos negros y se siente orgulloso porque puede. Orgulloso y a la vez lleno de dudas sobre lo que hace, como cualquier poeta. Con el don de darle vida escrita a lo que toca su mirada. Uno tiene la impresión de que en cualquier momento crecerá un poema ahí delante, y ya la voz y el personaje conforman una unidad indisoluble en la memoria. Era él.

Diego Jesús Jiménez

Jueves, 19 de octubre de 2007

Un albañil de Priego se puso a fabricar un corral, se olvidó de abrirle una puerta y se quedó encerrado dentro. La mujer que le había hecho el encargo le preguntó: “¿dónde está la puerta?”. “Se la pongo donde usted me diga”, fue la respuesta del albañil. La anécdota, absolutamente real, según asegura Diego Jesús Jiménez (Madrid, 1942), le ayudó a comprender que él se quedó encerrado en el primer poema que escribió y que, buscando una puerta, escribió un segundo poema, y un tercero, y así sucesivamente, hasta sumar el número que suma a día de hoy, sin haber salido aún.
Y hay algo de encierro, sin duda, en su poesía y en su vida. Vive en Madrid, la ciudad en que nació, pero la detesta y por eso no sale casi nunca de casa. Menos todavía para frecuentar cenáculos y tertulias. De hecho, es poco conocido a pesar de haber obtenido dos veces el premio Nacional de Poesía y de haber ganado el Adonáis con su primer libro. “Le debo más al fracaso que al éxito”. Él dice que no frecuentó lo bastante la casa de Vicente Aleixandre, donde en su tiempo se cocían las glorias literarias. Pero no parece pesarle. Siempre que puede se escapa a Priego o a Villarta a coger setas, como este fin de semana, con unos pocos amigos. A veces se ha venido a Albacete y se ha sentado en el Paseo de la Libertad bajo el clamor de los pájaros. “Tenéis suerte de vivir en Albacete”.
Dice que no sabe dónde está la línea que separa la realidad de la ficción. Cuenta que Tapies criticó en su día el hiperrealismo porque lo juzgaba innecesario desde que se había inventado la cámara de fotos y podía captarse la realidad sin recurrir a los pinceles. Pero Diego Jesús Jiménez encuentra muchos posibles cuadros de Tapies en la vida cotidiana, unas pisadas en la arena, unos trazos en una reja, que también podrían fotografiarse y punto. Y en cambio encuentra muchas abstracciones en las obras de un pintor hiperrealista como Antonio López. La comparación no es gratuita porque Diego Jesús Jiménez también es pintor.
Y poeta hiperrealista. Él llama a lo que hace realismo de corte irracional y dice que aborda el poema como un espacio de convivencia entre lo real y lo irreal, pero no porque se lo proponga, sino porque el propio poema se lo impone. Y así le salen metáforas raras, como “un verde que se encoge de hombros” o “la muerte de madera de los soldados”, que sólo son maneras de intensificar la realidad. El surrealismo le parece otra cosa, le parece que crea su propia realidad, diferente a la vida.
Crecido de hombros y fumando sin tregua, antes y después de pasar por el estrado, Diego Jesús Jiménez leyó sus poemas con pausa y con la voz muy ronca (“creía que no iba a poder”, reconoció luego). Una voz ronca que añadía relieve y dramatismo a sus metáforas. Sus poemas son largos casi siempre, aunque muchas veces le salen de un tirón, como el que dedica a una cómoda que era un altar y un relicario familiar. Llevaba muchos años rondándole el recuerdo hasta que salió, con lucha, porque él está convencido de que lo primero que hay que eliminar del poema es lo que uno ya sabe.
Es necesario esperar y pelear hasta que aparece lo involuntario. De hecho, él que simpatizó en su día con el comunismo y que conoció muy de cerca la poesía social, cree que cuando uno se pone a escribir, el compromiso ha de ser involuntario, te lo tiene que dar el propio poema. El último lo ha sacado directamente del cajón para leerlo en Albacete: muestra el manuscrito cubierto de tachaduras y bromea: “qué calamidad”. Y vence el miedo de compartirlo y resulta ser un buen poema en el que el poeta se desdobla (“Tiempo habitado”). Aunque seguro que lo seguirá corrigiendo y puliendo en las sucesivas ocasiones en que vuelva a sacarlo del cajón, porque es una obsesión en la que vive encerrado como el albañil de su pueblo dentro del corral que él mismo había fabricado. “Mi poesía está llena de errores, pero no de mentiras; me ha servido para conocerme mejor”, repite con su voz ronca de fumador y el cigarro en la mano.

José Luis Piquero

Jueves, 25 de octubre de 2007
“No conozco a nadie que sepa decir con tanta delicadeza cosas tan duras”. La afirmación es de una admiradora de José Luis Piquero y la mencionó Ángel Aguilar en la presentación del acto, pero ilustra bastante bien el tipo de poesía que practica este asturiano (Mieres, 1967) avecindado en Huelva. La falta de comunicación en la familia (Retiro sentimental), una candorosa homosexualidad (Romeo en el internado), el lado malvado que todos tenemos (Oración de Caín) o una orgía entre dos parejas (Cuatro) son algunos de los temas que abordan sus composiciones.
No siempre fue así. Dice Piquero que le costó encontrar esta veta, que no se atrevía a profundizar en los temas peliagudos, pero que notaba que a su poesía le faltaba algo si no le servía para exorcizar los sentimientos que se refugian en el lado oscuro de lo cotidiano. De modo que se propuso conseguirlo y ahí están estos poemas que a veces no sientan bien en su entorno familiar. Medio en broma medio en serio comenta que su madre se enfadó con él cuando leyó “Retiro Sentimental”. Son los efectos colaterales de escribir con el libro de la vida abierto.
Y al contrario que otros poetas de su generación, que se parapetan detrás del personaje de sus composiciones y fingen que no coincide del todo con el autor, este asturiano confiesa que no tiene imaginación cuando se pone a escribir un poema, que todo lo que aflora es autobiografía. Matiza, eso sí, que los sueños también forman parte de la realidad y que muchas veces prefiere adoptar la máscara de un personaje histórico o legendario como el poeta Rimbaud o como el bíblico Lázaro para ahondar en sus propios sentimientos sin caer en la autocompasión o la impudicia. “Pero estos poemas con máscara son los más impúdicos, los más autobiográficos”, apuntilla.
Su mujer, Eva Vaz, también poeta, desvela que Piquero siempre escribe sobre cosas ausentes hasta conseguir que la ausencia sea una presencia en el poema. Un ejemplo que no menciona, pero que ilustra esta reflexión, es “Intervalo de Eva Vaz”, una composición en la que el autor describe los rastros inconfundibles de Eva que han quedado repartidos por la casa a su partida. Otros ejemplos son los poemas en los que aborda el futuro, un futuro que ha pasado de largo para unos y que es muy posible que pase también de largo para los que lo esperan: y no tenéis derecho/ a todo ese futuro que vais a malgastar (como nosotros)” sentencia un verso de “Mensaje a los adolescentes”.
Piquero trabajaba de periodista en su tierra natal y asegura que le gusta la profesión y que su estrés característico no le impedía escribir poesía, “porque soy un poeta lento, escribo muy poco”. Sin embargo, su vida dio un giro radical hace un par de años, cuando decidió mudarse al sur, a Isla Antilla, en el límite de la provincia de Huelva con Portugal. Allí vive los inviernos con la onubense Eva Vaz, en un paisaje que los turistas abandonan al relente del otoño y a los colores plateados del invierno. Tuvo que renunciar al periodismo de primera línea y ahora se dedica a traducir y a echarle una mano a Eva en sus campañas de difusión de la cultura por colegios e institutos. La mano con la que va dibujando a Machado en la pizarra mientras ella lee alguno de los poemas del autor de “El olmo seco”.
Piquero acaba de verter al castellano “El pretendiente americano” de Mark Twain y ahora se dispone a hacer lo propio con “Tortilla Flat”, de Steinbeck. Dice que traducir le granjea casi las mismas satisfacciones que escribir poesía. Algunos de sus versos hablan de las vidas que uno no ha escogido, que siguen transcurriendo paralelas. “Una filosofía de vida”, comenta, “sería intentar elegir entre ellas la que resulte más coherente con el que soy”. Puede asegurarlo con más fundamento que la mayoría, él que ha dejado el trabajo y su tierra para avecindarse en la otra punta de España. “Después de haber amado así, la muerte / no me tendrá del todo”, dice en “Cuatro”. “Pensándolo despacio, cierto es que me parezco al que ya soy”, resume en “Lázaro otro”.

Vicente Gallego

Jueves, 15 de noviembre de 2007

Vicente Gallego lee sus poemas a chorro, sin pararse en explicaciones que considera innecesarias. Lee el título, a veces bebe un sorbo de agua, y luego se lanza cuesta abajo respetando las pausas meticulosamente con voz grave y dicción cuidadísima. Es el momento en que menos se parece a sí mismo, como si oficiara una ceremonia tan importante para él que le impidiera mostrar el buen tipo que es. Un tipo que busca el sol en las esquinas, colecciona música étnica, se enrolla con cualquiera y sonríe poco porque no necesita sonreír para caer bien. El jueves desgranó un buen número de poemas inéditos ante el silencio impresionante de un auditorio que llenaba el salón de grados de la Facultad de Humanidades.
Era la segunda vez que Vicente Gallego (Valencia, 1963) participaba en el ciclo 5 Poetas en Otoño. De hecho fue él quien inauguró las jornadas en octubre del año 2000. Leyó entonces poemas del libro Santa Deriva, cuando aún era inédito, antes de conseguir el premio Loewe. Desde entonces ha acumulado dos poemarios en las librerías y otro que se prepara para salir. Fiel a su costumbre de leer lo último que ha escrito, sólo entonó poemas de este último libro en ciernes, que llevará el título de Si temierais morir, y que es prácticamente desconocido, porque Gallego ha tomado por costumbre no publicar poemas sueltos en revistas antes de que salga a la luz el poemario entero.
De hecho, son tan desconocidos los versos que leyó que buena parte de ellos los ha escrito en el último mes, de una sentada. “El libro iba a tener veintiséis poemas, ya se lo había remitido al editor, pero de pronto sentí la necesidad de escribir y era como una fiebre; pasé veinte días sin poder cerrar el ordenador; el fruto de ese rapto son estos dieciocho poemas que completan los 44 que tendrá al final”. La anécdota ilustra bien la personalidad de Vicente Gallego, que esconde bajo su aire circunspecto y su voz grave y formal un pronto cariñoso y una generosidad que lo convierten en un “maestro en el arte de la amistad”, como lo describe acertadamente Luis García Montero en un prólogo.
También puede que sea el poeta español que más haya cambiado de un libro para otro, sin perder nunca un mundo propio y una voz personal. Empezó ganando el premio Rey Juan Carlos I cuando tenía veintidós años con un poemario intimista, escrito con el mar y el sol como únicos testigos. Su padre, que hasta entonces no parecía muy entusiasmado con la idea de que su hijo fuese poeta, al ver el alboroto de llamadas y periodistas, le jaleó con emoción: “Vicentín, la que has liado”. Y esa expresión de un padre no se olvida ya nunca. Siguió ganando premios, pero en cada libro intentaba cosas nuevas. Pasó a convertirse en uno de los referentes de la mal llamada poesía de la experiencia, siempre muy cerca de Brines, a quien considera su padre poético, y de Carlos Marzal, a quien siente como hermano.
Hizo sus pinitos con los alucinógenos como herramienta de inspiración y cambió su manera de escribir. “Hasta Santa Deriva, los poemas nacían a partir de una idea que iba luego elaborando y puliendo; aún quedan algunos de esa especie en el libro; pero desde entonces el poema me viene en forma de música, de un ritmo o de unas palabras y lo que hago es dejarme llevar por ese impulso”. Como al mismo tiempo se ha empapado del cancionero tradicional y de libros espirituales, sus últimos poemarios, Cantar de ciego y el que está a punto de ver la luz, están llenos de sonoridades barrocas y tienden a parecer himnos que piden ser cantados más que leídos, lejos de la intimidad de sus primeros versos.
Dice Vicente Gallego que hace algo más de un año sintió la iluminación y que estos poemas son el fruto de esa nueva conciencia del todo que ha cambiado su vida. “Es posible que esté muy equivocado, pero así me va de coña, me siento mejor que nunca”. Poesía mística tal vez, aunque el poeta prefiere no ponerle apellidos a lo que le viene dado. Por lo demás, tras tantos cambios, sigue siendo el mismo tipo cercano que habla de sus amigos con veneración. “Su generosidad es una clase gratuita de literatura”, como atinadamente resumía García Montero. Eso sí, leer sigue leyendo como leía hace ocho años, cuando vino por primera vez: seguido y a chorro, sin explicaciones; en eso tampoco ha cambiado.

Benjamín Prado

Jueves, 29 de noviembre de 2007
Benjamín Prado es antes que nada el personaje de su propia obra. Alto y delgado, con una nariz muy personal que marca su sonrisa, este madrileño ha escrito un montón de novelas, biografías y poemarios, está traducido en los principales países de occidente y colabora en varios medios informativos. Sin embargo no se olvida de encarnar al personaje original, el que abrió su trayectoria literaria. En su lectura de Albacete se remitió a la mañana de domingo en la que, siendo adolescente, se dirigía a comprar un helado para la familia, se encontró con Rafael Alberti y le preguntó: “¿Tú eres Alberti, verdad?”
Por aquella época, Prado estudiaba el COU en Las Rozas y esa misma semana había escuchado en la radio cantar a Bob Dylan. “Yo quiero ser ese tío, se dijo”. Y escribió unos cuantos poemas intentando imitarle. Luego acudió con ellos a su profesor de literatura para que le aconsejase. El profe, que se ve que era moderno, le dijo: “Vamos a empezar la casa por el tejado”, y le conminó a que leyera los libros más surrealistas de García Lorca y de Rafael Alberti. Encontró “Sobre los ángeles” en una librería y se estremeció hasta los tuétanos: “Nunca había pensado que se pudiera conseguir algo así sólo con palabras, sin música ni otros aderezos”. De modo que cambió de opinión, ya no quería ser Dylan sino Alberti.
Y justo el fin de semana siguiente, cuando iba a comprar una barra de helado para su familia al bar de la esquina, se lo encontró allí sentado en carne y hueso. Tenía demasiado reciente la fotografía del libro como para confundirlo con otra persona, pero aún así le preguntó: “¿Tú eres Alberti, verdad?”. El autor de “Sobre los ángeles” le preguntó la edad y al constatar que había cumplido dieciocho, lo invitó a un gin-tónic. La amistad se prolongó a lo largo de trece o catorce años. “Me enseñó la pasión por la literatura y por la vida; disfrutaba de una conversación, de una comida, de un árbol; el árbol que yo veía todos los días sin verlo, de pronto él me lo descubría.”
Benjamín Prado hizo aquí una pausa para referirse al aspecto más mujeriego de su mentor. Dice que era un hombre con peine en el bolsillo y que cuando veía acercarse una mujer lo sacaba para ponerse en orden el cabello. “No sé por qué comento yo esto”, se cuestionaba antes de proseguir. Aseguró que Alberti lo retaba: “A ver quién se la liga antes, si tú con tu juventud o yo con mi prestigio”. Había que preguntarse qué influencia había tenido esa presencia tutelar del genio en la literatura de Benjamín Prado: “Estar con Alberti fue una suerte más vital que literaria”, concluye el madrileño.
Esa misma pregunta se la había formulado años antes Julio Cortázar durante una comida literaria, aprovechando una breve ausencia del poeta de la Generación del 27: “¿Vos también escribís?”, interpeló a Prado, y al escuchar su respuesta balbuciente pero afirmativa, el argentino volvió a preguntar: “¿Es difícil al lado del gran cronopio, cierto? Aceptame un consejo: de momento apilad, apilad no más”. Un consejo al que Benjamín Prado añadió otro oído de labios de su maestro: “intenta tomarte siempre muy en serio tu obra y muy en broma a ti mismo”.
Esta larga acumulación de recuerdos iba retrasando la lectura. Benjamín Prado reconoció que lo hacía a propósito, porque la lectura de sus propios poemas siempre le dejaba una desconcertante sensación de rapidez. “La poesía puede ser una maldición”, aseguró: “estás viendo una película y se te ocurre un verso; estás leyendo otro libro y lo mismo.” Pero finalmente accedió a adentrarse en sus poemas, empedrados de imágenes deslumbrantes que sin duda remiten al maestro, de enumeraciones que remiten a Borges. Prado asegura cuando escribe se pelea con el yo, porque “lo que importa de un libro es lo que cuenta de sus lectores, no del autor”. Sin embargo no pudo evitar que aflorara el sentimiento personal en algunas de sus piezas dedicadas a Alberti, del que hace muchos años también había escrito, a modo de resumen de su amistad, una biografía titulada “A la sombra del ángel”.

Ángel González

Martes, 14 de noviembre de 2006
Ángel González (Oviedo, 1925) era un busto perfectamente digno la otra noche en la sala de plenos del Museo Municipal escoltado por el alcalde Manuel Pérez y por el decano de Humanidades Miguel Panadero. Semioculto detrás de los micrófonos, ante tres cámaras de televisión, con su inseparable vaso de Johnny Walker al alcance de la mano, el poeta parecía perdido en lentas cavilaciones mientras los periodistas enunciaban sus preguntas. Pero enseguida se aprestaba a responderlas, demostrando que su ausencia era sólo aparente.
Como su último libro publicado hasta la fecha lleva por título Otoños y otras luces, uno de los entrevistadores tuvo la ocurrencia de preguntarle que para cuándo el invierno. “Cuando llega el invierno, se desconecta uno del mundo –contestó González. –El mundo ha cambiado muy rápido y se siente uno fuera de él. No lo digo yo sólo, lo dicen escritores de mi edad a los que estoy leyendo ahora. Todos dicen lo mismo.” Y volvía a su aparente letargo de ojos a media asta y de puños cerrados sobre la mesa, hasta que otra pregunta o su propia tos intermitente de fumador le hacían reaccionar.
Muchas veces ha contado, y la otra noche volvió a hacerlo, que su llegada a la poesía vino por un alejamiento de tres años en un pueblo de los montes de León. Estaba al final de la adolescencia y comer bien y descansar eran las únicas prescripciones útiles que le hicieron los médicos para curarle la tuberculosis pulmonar que había contraído. Su hermana estaba de maestra en ese lugar recóndito. De modo que por primera vez se apartó del mundo con “unos pocos libros doctos”, todos de poesía (Juan Ramón Jiménez, Lorca, Alberti y algún otro), y esa fue su dieta diaria durante toda la convalecencia. Al volver, era poeta, o casi. “Comencé a escribir como reflejo de lo que leía todos los días durante esos tres años”.
Antes de que terminara la rueda de prensa, el público abarrotaba ya el salón de actos, con lo que las preguntas de los periodistas dieron paso a la lectura casi sin solución de continuidad: “Os voy a leer treinta minutos de versos”, prometió Ángel González con voz débil pero audible a través de los micrófonos, con una dicción que poco a poco se fue oscureciendo en torno a las erres. Se había propuesto que sus primeros poemas publicados en libro fueran testimoniales. “Cuando ya estaban impresos, me di cuenta de que esta parte confesional tenía siempre finales desalentados. Me sorprendió mucho porque era entonces un hombre joven al que le gustaba vivir la vida. Pero comprendí que ese desaliento obedecía no a un fracaso personal, sino a uno colectivo. Fui un niño de la Guerra Civil”.
Nunca hasta que lo oímos de su boca habíamos sentido tanto la relación entre sus poemas y la Guerra y, después, con el largo franquismo: “La dictadura fue muy larga. Siempre se esperaba que pasase algo y nunca pasaba nada”. De eso habla su poema “Porvenir”. Tuvo que acostumbrarse a esquivar la censura usando la ironía. “Poco a poco me di cuenta de que la ironía pasó de ser un procedimiento a ser casi un tema del poema, para expresar lo que el mundo tiene de ambiguo”. A veces, paseando la mirada entre la concurrencia, se sorprendía a espectadores murmurando los versos un segundo antes de que el poeta los leyera.
Sus manos, imperturbables, seguían sosteniendo el libro con firmeza. González tiene unas manos finas pero sólidas, que apoyan la lectura sin un titubeo. Alguien diría que recuerdan sus primeros versos (“para que mi ser pese sobre el suelo…”). El público, que estaba entregado desde el principio, se fue entregando más y más a medida que avanzaban esos treinta minutos de intimidad compartida, hasta el punto de que nadie movió ni un músculo cuando González hubo rematado los últimos versos del último poema. El silencio era tan impresionante y la devoción tan transparente que se vio obligado a añadir un bis no previsto.
Luego atendió a sus admiradores, firmó libros, con la misma alternancia de amabilidad y ausencia que había mostrado en público, y así siguió durante la cena posterior con autoridades y poetas. Siempre sumido en un letargo inquietante, hasta que algún comentario le intrigaba o le arrancaba un comentario agudo y lacónico a la vez, a veces mordaz. Asomaban entonces sus dientecillos de ratón, una sonrisa rápida que iluminaba el ambiente unos segundos, antes de regresar a su dignidad de busto que parece dormitar despierto sin perderse ripio de lo que pasa en torno a él.

Sergio Gaspar

Jueves, 9 de noviembre de 2006
Fundó la editorial DVD Ediciones hace diez años, y hoy es una de las más prestigiosas entre las que editan libros de poesía en España y América. Sin embargo, no ha aprovechado la ocasión para sacar a la luz sus propios libros de poemas, cosa que hubiera hecho cualquier otro. Es más, sólo tiene publicados dos libros, ambos en editoriales ajenas, y ambos antes de fundar DVD Ediciones. Por eso Sergio Gaspar (Checa, Guadalajara, 1954) sigue siendo un poeta secreto, como él mismo reconoce, a pesar de la calidad de su escritura: “Soy un poeta secreto, pero estoy intentando dejar de serlo, y Albacete puede ser un punto de inflexión en mi trayectoria”.
Hace años, antes de crear la editorial, guardaba seis libros de poemas. Un día decidió que no había conseguido que ninguno de ellos colmara sus ambiciones estéticas y destruyó los seis. Menos mal que, pasada la crisis, un par de amigos le recordaron que guardaban ejemplares de dos de los libros destruidos. Y encima hicieron las gestiones precisas para publicarlos, aunque en editoriales de precaria distribución. Así se salvaron Revisión de mi propia naturaleza y Abén Racín a principios de los años noventa. Hoy son prácticamente imposibles de encontrar, lo que alimenta su leyenda.
Quizá, como él dice, decidido a cambiar esa leyenda, Sergio Gaspar ha accedido a leer sus poemas en el ciclo Cinco Poetas en Otoño y lo ha hecho con voz pausada y cavernosa, más cavernosa aún este jueves porque arrastra un constipado que lo tiene aturdido. Detrás de las gafas de lector muy miope, disimuladas discretamente por el diseño, Gaspar parece de entrada un hombre de hielo, imperturbable. Cuando inicia una explicación, el tiempo deja de importar, prefiere exponer los antecedentes y los va desgranando de un modo metódico y pausado. Pronto comprende el interlocutor que esa fachada de granito es sólo una fachada, aunque se mantenga, y que el hombre que hay detrás está cercano.
“Yo no sé dónde estoy, pero puestos a decir, yo diría que estoy en el lenguaje. Esta es mi patria y esta es la expulsión de mi patria”, asegura. Y al oírle leer sus poemas se le da la razón, pero también se advierte que sigue viviendo en el lenguaje cuando deja de escribir poesía. Así, cuando conversa, detectamos lo que pasa en su interior gracias a que su pausada dicción va desgranando ironías, matices, entre las reflexiones, y de ese modo aflora lo que su economía gestual parece ocultarnos. De entrada prefiere definirse como “un poeta espeso”. Luego aclarará que estaba intentando curarse en salud ante el convencimiento de que su poesía no es completamente clara, como nos tiene acostumbrados la llamada corriente de la experiencia.
De hecho, se muestra conciliador con las corrientes que han mantenido una lucha sin cuartel por la hegemonía de la poesía española durante los años noventa, la de la experiencia y la del silencio, que dirimían no sólo una rivalidad estética, también el control del poder en los círculos literarios. En ambas tiene buenos amigos. “Unos dan la sensación de que pueden estar totalmente en la vida sin el lenguaje y otros que pueden estar en el lenguaje sin la vida. Aunque es una lucha por fortuna ya superada e incluso los que la mantenían han conseguido que los jóvenes poetas que secundaban ambas corrientes vayan aceptando que se ha terminado. De todos modos, entre el lenguaje y la vida, yo prefiero estar en el conflicto”.
Sin lograr sacudirse del todo la piel del editor, Gaspar reflexiona también sobre la falta de rigor de los poetas en general: “Nadie ha leído lo que dice que ha leído; aquí no es ver quién miente, sino quién miente menos. Porque leerte a un poeta no es hacer un informe de lectura. Es releerlo hasta aprenderte de memoria un poema, o al menos unos versos”. Y ejemplifica su afirmación recordando los primeros versos de Espacio, de Juan Ramón Jiménez.
Después añade que “la poesía española ha hecho bien leyendo a Machado, y a Cernuda; pero ha hecho muy mal en no leer a Juan Ramón Jiménez. Es terrible que la propia poesía española esté viviendo de espaldas a uno de los grandes poetas de nuestro tiempo, que resolvió el problema del simbolismo, que fue el primero en escribir verso libre en España y el primero que escribe poesía en prosa en España.” En todo este tiempo no ha abandonado Sergio Gaspar su expresión pausada y cavernosa, pero nadie se atrevería a decir que faltaba pasión en su discurso. De hecho, él mismo, en un acceso de pudor, siente la necesidad de excusarse: “Bueno, a veces tiendo a ser un poco hiperbólico en mis afirmaciones”.